Chasing Freedom
Cerré los ojos.
Y regresé de nuevo. El calor aplastante. El aire espeso de la parada, junto a la espera en suspensión.
—¡Ño, asere, ya van dos veces, mi hermano! —gritó un hombre, con los brazos en alto, mirando al cielo con la esperanza de que alguien allá arriba le explicara—. ¡Llevo tres horas aquí parado! —continuó, bajando los brazos con rabia.
—De pinga el país de pinga este, cojone… —dijo otro escupiendo entre dientes, sin atreverse a decirlo más alto. El autobús pasó de largo, ajeno a la desesperación. Iba tan lleno que parecía a punto de reventar. La gente se prensaba contra las puertas, mientras otros colgaban casi suspendidos en el aire.
Desde atrás, yo observaba la escena, sentado bajo el abrigo precario de una mata. La parada repleta. Esperé tanto que casi eché raíces. Pasé más trabajo que Moisés cruzando el desierto para conseguir aquel pedazo de carne.
En Guanabacoa, la carne a buen precio se llamaba Pucho. Era más ducho en el arte de «inventar» que los carniceros de Alamar. Sus precios eran imbatibles.
Tras una espera interminable, vi el autobús acercándose. El ambiente se tensó al instante, como el agua a punto de entrar en ebullición. Esta vez venía lleno también, y paró.
Pero… Paró lejos.
La cola se disipó y la multitud se lanzó en estampida. Una carrera de atletismo sin reglas. El premio: salir antes de ese infierno.
Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos. Mis pies golpeaban el pavimento mientras esquivaba cuerpos y maldiciones.
Llegué, le extendí la mano con el peso al muchacho que lo recogía por la ventana.
—¡Monta por atrás! —dijo, agarrando el peso y sin mirarme siquiera.
Me ubiqué detrás de la muralla humana que apenas dejaba bajar a los que aún intentaban salir. La desesperación saturaba el ambiente. No existía el «permiso» ni el «pase usted». Cada quien se las arreglaba para abrirse paso. La gente se agarraba de lo que fuera: la puerta, los tubos, de otros cuerpos. Algunos intentaban colarse a la fuerza, y uno intentó entrar por la ventana.
Finalmente, logré montarme, con una anciana incrustada en la espalda, un codo en la costilla, y la mano haciendo contorsiones para aferrarse a lo que fuera. La guagua por dentro era otra dimensión. Una jungla de metal, donde se peleaba por cada centímetro de espacio: menos apretado, más cerca de una ventana, con un poco más de oxígeno. Cada bocanada de oxígeno llegaba cargada de humanidad comprimida. Moverme costaba, pero cada posición era una pequeña victoria en la batalla del viaje. Mi mano se aferraba al tubo. La única cosa que me mantenía en pie cuando la guagua daba un tirón brusco.
A mi lado, una mujer intentaba deslizarse entre la multitud. Se deslizaba con la agilidad de una culebra entre cuerpos sudorosos. Su mirada se fijó en mi posición. Sabía lo que quería. No solté el tubo. Ella lo intentó, metiendo un brazo entre el mío y el metal, buscando un hueco. Las reglas eran simples: si conseguías un buen lugar, lo defendías. Si encontrabas uno, lo ocupabas antes de que otro lo hiciera.
Adelante, un hombre empezó a levantarse. Un asiento libre es un animal herido en medio de una jauría. Me puse en tensión al instante. Dos más lo vieron también. Era ahora o nunca. No lo pensé. Hinché la espalda, estiré los brazos, bloqueé el paso con la intensidad con la que un lobo marca su territorio. Uno intentó colarse, pero el espacio ya era mío. Me dejé caer en el asiento con el gesto de quien clava su bandera en tierra conquistada.
Victoria.
Pero no alivio.
Un mar de cuerpos empujándose entre sí, con la mirada puesta en mi territorio. Aguardaban como buitres. Faltaba media hora de viaje en aquella jungla de metal.
La guagua llegó a Guanabacoa y me bajé. Imaginé que así se sentía un preso recién salido de la cárcel.
Pero, a diferencia de un preso, yo sabía que tendría que volver a empujar, a forcejear, a meterme de cualquier manera. Así era la cosa.
En vez de libertad, lo primero que encontré fue mi condena. El sol esperándome cual verdugo. Los músculos aún tensos por la batalla. Miré hacia arriba. Ni una maldita nube. Seguí caminando. Tomé la calle Independencia rumbo a El Mikito, en camino a casa de Pucho. El asfalto ardía bajo mis zapatos. La gente avanzaba con la mirada fija en ninguna parte. Cada uno en su propia lucha. Quizás buscaban carne. O azúcar. O leche en polvo.
A mi derecha, el anfiteatro. Un sitio que debía ser para la música y el baile, pero que por lo general terminaba en otra cosa. Peleas. Guapería. Puñaladas. Nadie detenía nada. Ni siquiera la policía. Los perros de azul olían sangre y ni pestañaban. Mientras no gritaran «¡Abajo la Revolución!», todo se permitía. No es que la policía no hiciera su trabajo. Es que ese no era su trabajo. Observé el lugar con indiferencia, pero mis ojos veían otro, el de Alamar. Recordé muchas cosas. La muchachita de diecisiete años apuñalada en el trillo, tambaleándose hasta nuestra calle, con la sangre manchándole el uniforme. Rafael, robado en su casa tres veces; la policía con idéntico resultado: «No hay pistas». Tomás, con dos puñaladas en la pierna, arrastrándose en la lluvia hasta su casa después de un asalto. Un cliente del restaurante de al lado de mi casa, paralizado mientras un cuchillo le arrancaba la cadena del cuello.
Y mi barrio ni siquiera era de los peores. Pero lo que veía no me cabía en las manos.
Me pregunté, una vez más, por qué la policía era tan eficiente para unas cosas y tan inútil para otras. Eran una maquinaria aceitada cuando se trataba de política. Pero cuando se trataba del pueblo, eran solo otra pieza más del desastre. Tardé en comprender.
No estaban para protegernos. Estaban para protegerse de nosotros.
No sentí rabia. Ni sorpresa. Ni decepción. Solo un cansancio que no se va. Que se queda y se aferra.
Así que seguí caminando, perdido en un laberinto de ideas que no llevaban a ninguna parte. Cuando alcé la vista, me encontraba en casa de Pucho. Desde la reja de afuera lo vi, hundido en el mueble, viendo televisión con la calma de quien ya lo ha visto todo.
—Qué bolá menor —dijo, con esa sonrisa que no sabías si era saludo o advertencia. El diente de oro relucía: una amenaza disfrazada de amabilidad, de esas que te dicen que no te duermas. El mismísimo Pedro Navaja, en versión chancletas.
—Tú sabes, hermano. Al fin llegué —dije, secándome el sudor con el antebrazo—. Vamos al lío, te voy a coger seis libras.
Fui detrás de él hasta el patio.
—Espérame un momento —dijo, apartando una cortina de nailon para entrar a su cueva secreta. Desapareció en un cuartico oscuro, cubierto por mantos negros para evitar preguntas. Cuando salió, traía el pedazo de carne en una mano y un cuchillo en la otra. Se inclinó sobre la mesa y empezó a picar.
—Entonces, menor, ¿qué? ¿Y la purita? —preguntó sin mirarme. Conversar mientras picaba carne era parte del ritual.
—Tú sabes mi hermano… En la pelea. Con su peluquería y vendiendo lo que aparezca —dije, apoyándome en el marco de la puerta, cansado.
—Está dura la cosa, asere —respondió.
—Triste, hermano, de mal en peor. Consígueme una pincha en la bodega, a ver si levanto a este muerto.
Pucho soltó una carcajada seca, medio nasal, sin dejar de trabajar el cuchillo.
—Menor, eso está duro. Hasta las plazas se venden. No hace falta ni que te diga por qué.
—Sí, me imagino —dije. Bajé la vista—. Bueno, a seguir en la luchita.
Me pasó el pedazo de carne envuelto en dos javas. Lo metí en la bolsa negra anticuriosos que traía para todo lo que no debía verse.
—Mándale un saludo a la purita de parte mía —dijo mientras se limpiaba las manos con un trapo mugriento.
—Dale, Pucho. Yo le digo. Nos chiveriamos.
De nuevo a la calle me esperaba la película rebobinada. Y esta vez, con una sola mano para agarrarme del tubo de la guagua. Miré a la calle Independencia. Treinta minutos de caminata bajo el sol, antes de la próxima batalla. Caminé con el ritmo con el que se repiten los días, el ritmo de quien vuelve a leer una historia que ya conoce.
Y en ese andar, lo sentí.
Aquel recuerdo ya no era solo un recuerdo. Tenía peso. Tenía algo que decir. Porque ese día, cuando cerré los ojos y lo recordé todo, se cumplían tres años desde que salí de Cuba.
Tres años desde que escapé de un sistema que hace de cada persona un preso de su propia realidad.
Y sentí por dentro una mezcla extraña. Alegría, sí. Lo había logrado. Estaba afuera. Pero también tristeza. Porque el que yo era antes nunca conoció otra cosa. Creía que la vida era eso. Nunca imaginé nada mejor.
Entonces lo entendí.
El hombre piensa como vive.
Como la oveja feliz con su pasto y su agua, convencida de que el mundo es eso. Pero si un día levanta la cabeza y ve ríos, valles y frutas que nunca ha probado, algo dentro de ella cambia. Nace un hambre nueva.
Y esa hambre no viene de lo que tenemos. Viene de lo que no tenemos y de lo que aprendemos a imaginar.
Y ahora, aquí, me doy cuenta de que tengo más deseos que nunca. Una voz me susurra al oído todos los días: «¿Eso es todo lo que vas a hacer hoy?». «Eso no es suficiente». «Deberías estar haciendo más». Al principio creí que había encontrado la libertad, pero a veces siento que solo entré en otra clase de prisión. Una donde los muros están hechos de expectativas. Aquí se supone que siempre estés avanzando, escalando, mejorando, ganando. La gente habla del éxito como si fuera oxígeno.
Pero aun cuando tienes trabajo, comida y seguridad, hay algo que te sigue diciendo que no es suficiente. Deslizas el dedo por la pantalla del teléfono y ves a todos los demás haciendo más, teniendo más, siendo más. Empiezas a creer que el descanso es vagancia y la paz, fracaso. Nadie te lo dice en voz alta, pero está en todas partes, como un ruido de fondo.
Y quizás esto tampoco sea libertad. Quizás aquí la gente no huya del hambre, sino de otro tipo de vacío. Uno que nunca deja de crecer. Uno que se viste bien y sonríe en las fotos, pero por dentro vive cansado y con miedo. Allá en Cuba queríamos más porque teníamos muy poco. Pero aquí la gente quiere más porque nunca se siente suficiente.
Quizás la libertad no sea conseguir todo lo que queremos.
Quizás sea aprender a mirar sin desear todo el tiempo.
A vivir sin aferrarnos todo el tiempo.
Porque quizás, cuando dejamos de perseguir sombras, por fin encontramos un lugar donde sentirnos en casa.
Y quizás ese sea el camino que todavía recorro.
Llevo el sol de La Habana en la memoria, el sudor de la guagua todavía en la piel, y ahora, esta voz nueva, pidiendo más. Pero algunos días la ignoro. Algunos días me quedo quieto. Cierro los ojos. Respiro. Recuerdo lo que sentí con solo llegar.
Y en ese momento, por un segundo, me siento libre.
«Chasing Freedom», de Daniel Silva, está protegido por derechos de autor y no puede imprimirse. Puede leerse en https://fragmentos.page/persiguiendo-la-libertad/